A veces me da la nocturna manía de hacer el recuento de daños.
Hoy unas palabras heladas, pesadas y dolorosas cayeron sobre mí, “suele pasar, uno siempre está dejando perder lo que más quiere”, no supe el afán de esas palabras, si llevaban jiribilla o no para mí, no quise indagar más. Preferí darles otra lectura y reescritura, mejor las tomé para este momento preciso, más que tomarlas por su significado de pasado; también preciso. Pero igual me dejaron un aire frío de melancolía.
Las pérdidas y las cosas que he dejado por allí en el tiempo; entre los quebrados recuerdos, están latentes, a cicatrices vistas. Y las hay de todo tipo, desde las apenas perceptibles, o las que tengo que ocultar con mil mañas, hasta las que han dejado su hondo dolor en mi conciencia por haberme traicionado a mí misma; y esas, esas no me las puedo maquillar.
Me doy cuenta del peso que tuvo en mi cuerpo y mi mente cada una de mis últimas pérdidas. Algunas hirieron más que otras, pero alguna vez dijeron por allí, es cuestión de acostumbrarse al correr del tiempo, todo se volverá nebuloso (o “incendia todo”, dijeron también. Pero la piromanía no es lo mío y la niña de fuego solo existió en su cuento) aunque quizá me quedaré levitando en círculo de transparencia por el universo, porque aún no tengo una sana relación recuerdos-tiempo, y hay cosas que he dejado perder que me calan más que otras y es imposible incendiarlas.
Aún no he aprendido a mirar atrás sin convertirme en estatua de sal, he perdido cosas, personas, y la fe, más un interminable de etcéteras.
Pero hoy no sé que me duele más, si la intencionalidad de esas palabras, la vuelta que les di u observar la bitácora de pérdidas que llevo, y darme cuenta que me hiere echar de menos a las personas que han jugado un significante en mi vida, perder instantes y borrar recuerdos, pero lo que más me lastima es que he dejado perder a Edna Ananí Muñoz Venegas, he perdido mi dignidad al callarme, al dejar de escribir, al volverme muda.
Hoy me duele el mutismo al que me he visto obligada a orillarme, y el tiempo no ayuda, ni vuelve nebuloso nada.
A casi dos años, mes a mes me duele este silencio, este callado lacerante de haber perdido mi nombre y mi voz en las letras.
Sí, muchas veces he dejado perder lo que más quiero, entre tantas cosas a mí… Y me repito nunca debí haber firmado el contrato.

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