Allí estaban. Hablando sin hablarse muy de cerca, a penas susurrándose palabras al oído. Dibujándose en pupilas ajenas, jugando con sus bocas, mordiéndose, entibiándose labios, probándose las lenguas y haciéndose al sabor del otro. Comenzando y recomenzándose las líneas del cuerpo hasta acabar en el mismo punto de partida. De pronto alguno de los dos rompe el juego y pregunta.
—¿Será acaso masoquismo puro? Preguntó él.
—¡Yo qué sé! Respondió ella, esquivando la mirada.
Pero lo sabía y calló. Lo vio a los ojos y sonrió, mientras le sujetaba las manos y le mordía suave y juguetonamente las yemas de los dedos. Le gustaba y lo quiso negar. Pero no podía ocultar la forma en que le excitaba sentir su mano sujetándole el cuello; encajándose, cortándole la respiración; inflamándole justo el polo opuesto del cuello, mientras sus labios le asfixian la boca. Y la otra mano naufraga en la humedad de su piel, dibujando trazos a capricho suyo, que la hacían estremecer. Esas manos que la habían hecho pensar muchas veces como sería morir entre dedos animales, salvajes, trémulos de excitación. Había pensado tantas veces como sería perpetuar esa pequeña muerte que la hacía sentir de a ratos. Le gustaba sentirse abrazada, oprimida, sofocada entre sus manos, hasta escuchar el “crack” de sus huesos en el abismo del silencio, mientras rastros magenta quemantes como símbolos de propiedad, que no pertenecían más que al momento mismo. Le excitaba y volcaba a sublime, cuando le rasguñaba la espalda dejando rastro de sus dedos. Cuando mordía su pecho y sus dientes quedaban tatuados en violáceo color como símbolo inextinguible. Le excitaba sentir esa boca de hombre fiero en su delicado cuerpo.
—Masoquistamente puro es sucumbir ante ti, es el hecho de cuando me besas la frente y tus pupilas se clavan en mis ojos, o cuando acaricias la línea de mi espalda y susurras que sudo justo antes de temblar, o cuando burlonamente me prohíbes desmayarme en tus brazos ya estoy sometida ti. Contestó ella sin prestar más atención alrededor.
De pronto un sonido sordo rompió el silencio, el cuerpo de una mujer cayó al piso. En su cuerpo unas líneas magenta, en su cuello unas huellas dactilares aún hechas surco. Y en su rostro una sonrisa imborrable de quien se sabe muerta a placer.
—¿Será acaso masoquismo puro? Preguntó él.
—¡Yo qué sé! Respondió ella, esquivando la mirada.
Pero lo sabía y calló. Lo vio a los ojos y sonrió, mientras le sujetaba las manos y le mordía suave y juguetonamente las yemas de los dedos. Le gustaba y lo quiso negar. Pero no podía ocultar la forma en que le excitaba sentir su mano sujetándole el cuello; encajándose, cortándole la respiración; inflamándole justo el polo opuesto del cuello, mientras sus labios le asfixian la boca. Y la otra mano naufraga en la humedad de su piel, dibujando trazos a capricho suyo, que la hacían estremecer. Esas manos que la habían hecho pensar muchas veces como sería morir entre dedos animales, salvajes, trémulos de excitación. Había pensado tantas veces como sería perpetuar esa pequeña muerte que la hacía sentir de a ratos. Le gustaba sentirse abrazada, oprimida, sofocada entre sus manos, hasta escuchar el “crack” de sus huesos en el abismo del silencio, mientras rastros magenta quemantes como símbolos de propiedad, que no pertenecían más que al momento mismo. Le excitaba y volcaba a sublime, cuando le rasguñaba la espalda dejando rastro de sus dedos. Cuando mordía su pecho y sus dientes quedaban tatuados en violáceo color como símbolo inextinguible. Le excitaba sentir esa boca de hombre fiero en su delicado cuerpo.
—Masoquistamente puro es sucumbir ante ti, es el hecho de cuando me besas la frente y tus pupilas se clavan en mis ojos, o cuando acaricias la línea de mi espalda y susurras que sudo justo antes de temblar, o cuando burlonamente me prohíbes desmayarme en tus brazos ya estoy sometida ti. Contestó ella sin prestar más atención alrededor.
De pronto un sonido sordo rompió el silencio, el cuerpo de una mujer cayó al piso. En su cuerpo unas líneas magenta, en su cuello unas huellas dactilares aún hechas surco. Y en su rostro una sonrisa imborrable de quien se sabe muerta a placer.



