[…] algo dentro de mí inextirpable / algo que se retuerce y que no se detiene / y que hará que ahora vuelva a repetirlo.
Existen canciones que angas o mangas me vienen en el momento justo.
Hoy desperté en medio de una lluvia raquítica, una neblina deslucida y un juego sarcástico de hormonas. Me fue necesario arrastrarme (con lujo de violencia psicológica) fuera de la cama para iniciar el ritual diario y encaminarme a trabajar.
Desde el primer momento se auguraba un lunes larguísimo y a mitad del día hubiese negociado mi alma para escapar de él, o de mí, que creo es lo más conveniente y cuerdo que podré intentar hacer un día de estos. Perdida en algún sitio de mi mente pensando en los pros y contras de cualquier cosa que mañana será trivial, mezclé los temores del pasado y los del futuro, hasta caer de bruces en mi propio discurso dialéctico, dándome cuenta que soy esclava de un biorritmo y del hecho de ser mujer. Hubo un momento que quise poder llorar, pero no pude, me odie en demasía por ser mujer y opté por consolarme dándome un mal discurso retórico para continuar con mi día.
Allí, perdida en algún lugar a media mañana hice el recuento de mis erratas; que día a día se acumulan, y caí en la conclusión de que tengo una enferma relación conmigo misma. De que estoy hecha de piezas que se unen, forjando nuevas inseguridades y sigo sin lograr entender el por qué de este siempre caminar errante, que me lleva de tumbos por el día a día. Palpé mi ignorancia, cobré conciencia de todo cuanto carezco, lo que he tenido, lo que he perdido y lo poco que soy ante esta universalidad de seres. Si fuera más fácil el desprendimiento de mí, de estos o de aquellos. Si no esperara, ni hiciera de letras los castillos, si olvidara la influencia decimonónica y me adhiriera a la practicidad, los días grises serían más fáciles de sortear, pero me trabo y termino confundiéndolo todo. Me agazapo en el pasado, me recluyo en mi zahúrda y me ahogo de recuerdos. Me quedo callada ante los discursos, atragantada con las palabras que no pronuncié, con las cosas que no hice y con las otras que sí, con el miedo de no haber sido… qué, no lo sé, simplemente no haber sido suficiente.
Me hago y creo en promesas que no sé a dónde irán, si son simples palabras nómadas o que quizá si conduzcan a un sitio futuro, pero siempre he temido a lo desconocido (costumbre rabiante y femenina).
Aunque también hoy en medio de la vorágina hormonal cobré conciencia de que hay demasiadas cosas que no puedo negar, perder o dejar de largo. Por ejemplo, no quiero perderme de un mundo donde ser mujer me brinda un sinfín de estatus y sentimientos en un solo día. Cosa que puede ser provechosa para alguien que goza de la melancolía… es algo inextirpable.
Hoy desperté en medio de una lluvia raquítica, una neblina deslucida y un juego sarcástico de hormonas. Me fue necesario arrastrarme (con lujo de violencia psicológica) fuera de la cama para iniciar el ritual diario y encaminarme a trabajar.
Desde el primer momento se auguraba un lunes larguísimo y a mitad del día hubiese negociado mi alma para escapar de él, o de mí, que creo es lo más conveniente y cuerdo que podré intentar hacer un día de estos. Perdida en algún sitio de mi mente pensando en los pros y contras de cualquier cosa que mañana será trivial, mezclé los temores del pasado y los del futuro, hasta caer de bruces en mi propio discurso dialéctico, dándome cuenta que soy esclava de un biorritmo y del hecho de ser mujer. Hubo un momento que quise poder llorar, pero no pude, me odie en demasía por ser mujer y opté por consolarme dándome un mal discurso retórico para continuar con mi día.
Allí, perdida en algún lugar a media mañana hice el recuento de mis erratas; que día a día se acumulan, y caí en la conclusión de que tengo una enferma relación conmigo misma. De que estoy hecha de piezas que se unen, forjando nuevas inseguridades y sigo sin lograr entender el por qué de este siempre caminar errante, que me lleva de tumbos por el día a día. Palpé mi ignorancia, cobré conciencia de todo cuanto carezco, lo que he tenido, lo que he perdido y lo poco que soy ante esta universalidad de seres. Si fuera más fácil el desprendimiento de mí, de estos o de aquellos. Si no esperara, ni hiciera de letras los castillos, si olvidara la influencia decimonónica y me adhiriera a la practicidad, los días grises serían más fáciles de sortear, pero me trabo y termino confundiéndolo todo. Me agazapo en el pasado, me recluyo en mi zahúrda y me ahogo de recuerdos. Me quedo callada ante los discursos, atragantada con las palabras que no pronuncié, con las cosas que no hice y con las otras que sí, con el miedo de no haber sido… qué, no lo sé, simplemente no haber sido suficiente.
Me hago y creo en promesas que no sé a dónde irán, si son simples palabras nómadas o que quizá si conduzcan a un sitio futuro, pero siempre he temido a lo desconocido (costumbre rabiante y femenina).
Aunque también hoy en medio de la vorágina hormonal cobré conciencia de que hay demasiadas cosas que no puedo negar, perder o dejar de largo. Por ejemplo, no quiero perderme de un mundo donde ser mujer me brinda un sinfín de estatus y sentimientos en un solo día. Cosa que puede ser provechosa para alguien que goza de la melancolía… es algo inextirpable.
FOTO: Maritza López Navarro

No hay comentarios:
Publicar un comentario