Bailan en un vaivén de piel. Saliva hecha una en unos labios que no se separan, unas manos que recorren el cuerpo ajeno como si fuera propio, que hacen del otro a su espacio y magnitud. Son luminosidad de sudor y humedad nacida de sí y para sí.
Un par de cuerpos hechos brisa y mar. Dolientes dedos entrecruzados en el justo momento en que todo estalla, cuando una corriente eléctrica recorre provocando una y otra vez sobrevenidas de calor, oleajes venidos desde el interior. Espiral infinito hacía Dios, muerte que deviene en vida, egoísmo compartido.
Obscena imagen es aquella por la mezcla de orgullo, deseo y carencia. Par de cuerpos que minutos antes se rehuían y al fin acaban de darse cuenta que se necesitan para existir, para complementarse en el bullicio de voces, moscas y alacranes de su locura prescrita.
Seno tibio es aquel que se brindan el uno al otro, cavidades hechas a medida, temblor, dientes indecisos.
Son incendios y ceniza, rastros de unas uñas obligadas a clavarse por la comunión perfecta entre los cuerpos, por los tiempos, por la cadencia de los movimientos precisos. Piernas entrecruzadas, manos que surcan la piel del otro, suben por la espalda. Bajan por la pelvis deteniéndose allí, justo en el centro donde todo es progresión incalculable, renaciente una y otra vez.
Labios que se detienen en la boca; sintiendo el sabor del otro, perpetuando ese instante, mientras la fuerza exacta quiebra el silencio de las pupilas en un gemido que se escapa entre los besos.
Dos cuerpos vencidos, una respiración que se pausa y se vuelve rápida, que se mezcla con medias palabras y gemidos. Jadeos que terminan haciéndose oración. Son mar, humedad y sal…olas que rompen y se hacen el amor en marejada, que más que amor ya no es mas que llano deseo sin dobleces.
FOTO: emv

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