jueves, 18 de agosto de 2011

[Tomado de Fe de Erratas] Pistas para un estudio…






Retomo mis palabras y asevero, “El destino siempre es un animal agazapado y en guardia, esperando el momento exacto; que siempre es el peor, para saltar con sus zarpas y rasgarle la vida a uno.”… Creo que al escribir esto no le presté demasiada atención, si no hasta párrafos más abajo; y esa canción sonándome al oído, cuando me di cuenta de que mi subconsciente emergió para traicionarme.
Parece que hoy los sentimientos se me han puesto en contra y me han volteado las ideas, la pantomima que venía manejando desde hace meses se me cayó, resbaló al igual que el gajo de humedad por mi mejilla.
En verdad el destino es un animal a la espera del momento adecuado para atacar y dejarte allí a su merced. Te da vueltas a su antojo como el depredador a su presa, sangrándote de a poco. Así me tomó a mí y me dio una revolcada, donde una reunión de trabajo terminó brindándome muchas buenas anécdotas y recuerdos, incluyendo su final anunciado (desde el inicio) y la siempre infalible melancolía. La misma que me acompañó desde aquel mediodía cuando deseé sentir sobre mi cuerpo el peso de las aguas de la laguna de Zapotlán, por el simple hecho de cristalizar el momento, esa con que él me adivinó la razón del porqué veía desde la cumbre una ciudad en calma por ese sol pesado de abril y, la misma con que me mordí los labios al decir no podré.
El destino me anunció aquel mediodía que sería yo quien terminaría por abandonar todo, con las razones justas y el desacierto en la piel lo hice después. Me permití la tristeza unos días y luego me entregué al teatro de la reinvención cotidiana.
Pero hoy que las palabras me han jugado una dura broma, me doy cuenta que el destino esperó al peor momento para cazarnos; el del destiempo y el hubiera, el que se une con el -Ya qué, ya todo está hecho. Además de la melancolía, el destino depredador también me dejó cosas buenas: el embrujo del riesgo y no el a dónde ir. Anécdotas y la historia de un pueblo yerto sin otra música que el clamor de las campanas; que le tocan a la cantera. Me dejó el desahogo de un llanto contenido quizá por años, el redescubrimiento de mi cuerpo, el camino hacia la media luna, un llano y un domingo de ramos bastante peculiar, un cadáver que me encanta y a un Joaquín Echeveste, con sus ínfulas de pirómano.
Me dejó palabras jamás pronunciadas…




Lo peor, que también me dejó un repentino odio hacia Arreola, a Rulfo y a Yáñez, sobre todo a Yáñez…

FOTO: emv

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